Ir a la pagina inicial
 
 
DOMINGO, 16 de Diciembre de 2018
Repensar la gobernanza mundial
15 de Agosto de 2009
Quiérase o no, el futuro de la gobernanza mundial pasa obligatoriamente por una profunda reconfiguración de las modalidades que rigen las relaciones entre los primeros actores del gran escenario político: los Estados.
Autor: Arnaud Blin y Gustavo Marín


Introducción: Del equilibrio internacional a la gobernanza mundial

La caída de la Unión Soviética en 1991 y luego el shock del 11 de septiembre de 2001 marcaron el fin de un largo período de la historia internacional llamado “equilibrio de potencias”. Desde ese momento, el planeta está atravesando una fase de ruptura geoestratégica. El modelo de la “seguridad nacional”, aun cuando siga vigente en la mayoría de los países, va dejando lugar a una emergente conciencia colectiva que va más allá de ese estrecho marco.

Algunos, y nosotros entre ellos, consideran que el futuro de la arquitectura mundial pasa por la implementación de un sistema de gobernanza mundial. Ahora bien, la ecuación se complica notablemente hoy en día: mientras que antes se trataba esencialmente de regular y de limitar el poder individual de los Estados para evitar los desequilibrios y la ruptura del statu quo, de ahora en más es imprescindible influir de manera colectiva sobre el destino del mundo, instaurando un sistema de regulación para las múltiples interacciones que superan el accionar de los Estados. La relativa homogeneización política del planeta debido a la instauración de la democracia llamada liberal (conjugada de muy diversas formas) parecería facilitar la implementación de un sistema de gobernanza mundial que pudiese ir más allá del laissez-faire del mercado, propulsado por los liberales, y de la paz democrática, sellada como un principio por Immanuel Kant y que constituye una especie de laissez-faire geopolítico.

Unos de los problemas principales de paso del siglo XVIII al XIX fue el de la potencia y el equilibrio. A partir del siglo XIX, el nacionalismo surge como motor de las relaciones internacionales y, combinado con las ideologías revolucionarias o reaccionarias, provoca las guerras en cadena y los genocidios. En el mismo siglo XIX, la libertad aparece como superestructura filosófica, alimentando al mismo tiempo la ideología revolucionaria y el desarrollo de la democracia que, con distinta suerte, se expresarán en el siglo XX. El siglo XXI no se perfila como el siglo de la religión (aun cuando ésta haya avanzado como fuerza política), siguiendo la famosa profecía de André Malraux, sino más bien como el de la igualdad. Al menos el de la igualdad en derecho, tanto de los Estados como de los pueblos. Dicha igualdad constituye, junto a la libertad, el segundo pilar filosófico heredado del siglo de la Luces. Dado que la igualdad económica es difícil de implementar aún, el tercer pilar heredado de aquella época, a saber la fraternidad, sigue y seguirá siendo probablemente una utopía por un buen lapso de tiempo más.

La voluntad de igualdad y la ideología “igualitarista” que a veces la acompaña, trastocan la situación geopolítica puesto que los “poderosos” son quienes determinan el destino colectivo del mundo y, al mismo tiempo, cuestionan la mundialización. En efecto, la mundialización redistribuye las cartas de manera fuertemente desigual, en un planeta en el cual el crecimiento económico ocupa ahora el papel que antes tuviera la potencia política, es decir el de ser el objetivo principal que todos los gobernantes quieren alcanzar. ¿Cómo conciliar ese deseo legítimo de igualdad con una realidad que a menudo lo frustra desde un principio? Este es uno de los interrogantes que algún día, tarde o temprano, habrá que responder.


La herencia histórica

Volvamos un momento hacia atrás para observar el sistema que hemos heredado y algunas mentalidades ligadas al mismo, especialmente entre los gobernantes, con el fin de poder proyectarnos mejor hacia el futuro.

La arquitectura política moderna se instaura en 1648, al finalizar la Guerra de los Treinta Años, cataclismo político-religioso que marcó el paroxismo de las guerras de religión europeas y que constituye la última tentativa hegemónica del imperio de los Habsburgo. La paz de Westfalia pone fin al conflicto e instala en forma duradera el sistema geopolítico que va a gobernar a Europa, y luego al resto del mundo, hasta 1914. La revolución westfaliana se caracteriza por la implementación de un conjunto de Estados-naciones que se mantiene mediante un complejo equilibrio de las potencias. El sistema es amoral, pero no es inmoral: la razón de Estado gobierna las relaciones interestatales, la guerra es un recurso normal para el mantenimiento del equilibrio, pero se la “limita” y progresivamente también se la codifica. A partir de 1648 la iglesia se aparta del juego político, mientras que el derecho internacional avanza significativamente. La brillante síntesis de Hugo Grotius -que incluye algunos conceptos teológicos- se integra de alguna manera a la nueva arquitectura geopolítica. El sistema “westfaliano” se afirma entre 1648 y 1789. Con la llegada de Napoleón vuela en pedazos y se lo reestablece en el Congreso de Viena en 1815. Luego atraviesa una larga decadencia que desemboca en el primer conflicto mundial, seguido por la Segunda Guerra Mundial tras un breve paréntesis de veinte años. En 1945 aparece otro sistema de equilibrio "post-westfaliano", sistema bipolar y mantenido por la amenaza de un cataclismo nuclear. El año 1991 marca el fin de estos sistemas de equilibrio. Tal como ocurrió en 1919 y 1945, cuando se implementaron sistemas de seguridad colectiva, en 1991 se abre el campo teórico de las posibilidades que se perfilan para el futuro. La idea de una gobernanza mundial -concepto anterior a esa fecha- va forjándose un camino.

Sería contraproducente, sin embargo, negar la resiliencia de algunos conceptos clave heredados del sistema westfaliano o post-westfaliano y subestimar las capacidades del sistema de seguridad colectiva implementado en 1945, cuya gloria mayor es la ONU. La evolución de las relaciones internacionales proviene de revoluciones y de rupturas. No obstante, cada época hereda, para bien o para mal, un bagaje más o menos significativo del pasado. De este hecho resulta una arquitectura compleja, constituida por substratos que se van superponiendo unos a otros con una coherencia que no siempre es perfecta ni armoniosa. Inevitablemente, esta arquitectura está constituida por paradojas. Por otra parte, algunos elementos provenientes del pasado -por ser más importantes o porque otros elementos han desaparecido- adquieren una magnitud acrecentada por el tiempo. La mundialización, por ejemplo, que es un fenómeno antiguo, es percibida hoy en día como la gran revolución del momento. Esto se debe por un lado a la desaparición de las rivalidades del pasado y, por otro, a que la liberalización del planeta político y la revolución informática han modificado la situación. Lo mismo ocurre con el terrorismo, fenómeno tan viejo como el mundo que, al desaparecer otros riesgos, aparece hoy en día como más preocupante puesto que es el único que amenaza la integridad de nuestras sociedades sobreprotegidas. El problema de la proliferación nuclear, que tanto preocupa, es el resultado a fin de cuentas positivo del final de la pulseada (nuclear) que, aunque se lo olvide con frecuencia, amenazaba con desintegrar todo el planeta.

La evolución de las sociedades y algunas tomas de conciencia, por ejemplo en lo que respecta al medioambiente, el desarrollo sustentable, la biosfera y las desigualdades, modifican por otra parte la índole de las relaciones entre los pueblos y las relaciones de la humanidad con el planeta. Esta evolución de las mentalidades, más rápida que la de las instituciones, tiene como efecto la creación de un desfase permanente entre nuestra visión colectiva de la realidad y la realidad misma.

Hace unos veinte años, el mundo parecía asombrosamente simple. El “paradigma” predominante de la anarquía mundial -heredado del filósofo Thomas Hobbes- postulaba un conjunto dominado por Estados que, de manera racional, actuaban según el principio de la seguridad nacional y la inteligencia de las relaciones de fuerzas, siguiendo las reglas simples de un sistema ideológicamente heterogéneo, con dos bloques enfrentados uno contra otro. La estabilidad de dicho sistema provenía de un equilibrio alimentado por el terror a la guerra nuclear y en el cual, a fin de cuentas, cada uno intentaba mantener el statu quo ganando al mismo tiempo terreno sobre el adversario. La ausencia de un regulador mundial de las relaciones de fuerza alimentaba el carácter “anárquico” de un sistema que por otra parte era relativamente estable. El modelo de la seguridad colectiva, encarnado por la ONU, rival teórico del de la anarquía, no hacía en realidad sino apoyar el statu quo, dado que las potencias dominantes de 1945 eran también las que tenían en sus manos, a través del Consejo Permanente de Seguridad, las cartas fundamentales de una seguridad colectiva más virtual que real.

Ese “malentendido” sobre la naturaleza de la seguridad colectiva es el que, sesenta años después de la creación de la ONU, contribuye al hecho de que esa institución -por cierto útil y necesaria- sea tan difícil de reformar. Ahora bien, los discursos sobre la reforma de la Organización de las Naciones Unidas constituyen, hoy como ayer, el discurso predominante sobre el futuro de la gobernanza mundial. Pero las cosas se mueven tan lentamente que da la sensación de ser un discurso sin salida. Es cierto que la ONU evoluciona, ¿pero representa verdaderamente el futuro de la gobernanza mundial?



El agotamiento de los modelos filosóficos

Thomas Hobbes nos brindó en el siglo XVII el modelo anárquico que Tucídides había descrito de manera punzante en su relato de La Guerra del Peloponeso. Rousseau y Kant nos propusieron modelos federales y de seguridad colectiva de los que se nutrió el siglo XX. Karl Marx describió admirablemente, en términos que aún resuenan hoy en día, los efectos del capitalismo y de la mundialización. Tocqueville, en la misma época, percibió tempranamente las posibilidades y los límites de la democracia moderna. En la actualidad, ese recorrido del pensamiento político y económico entablado por Hobbes concluye en las paradojas de la situación actual.

La anarquía hobbesiana sigue predominando con un sistema internacional híbrido en el cual los Estados siguen teniendo un papel preponderante, en donde el poder y la influencia que éstos ejercen de manera individual, y a veces colectiva, determinan las relaciones del momento y en el cual la guerra sigue siendo un instrumento de la política (Afganistán, Irak, Cercano Oriente). En el mismo contexto, el sistema de la ONU ganó un lugar pero no llega a imponerse, la democracia creció cuantitativamente, imponiéndose como único modelo de la organización política, la mundialización modifica considerablemente los arreglos sociales sobre la totalidad del planeta, Europa ha demostrado posibilidades inéditas con respecto al pasado en el plano de la construcción federal y la paz se ha instalado duraderamente en partes enteras del planeta.

En consecuencia, este “sistema”, que no es o que ha dejado de ser uno solo, rompió con los equilibrios del pasado, mientras que la mundialización que gana la esfera geopolítica se ve completamente frenada por el peso de los Estados, generando así un desfase gigantesco con la globalización económica. La democracia liberal, modelo “vencedor” de la lucha antitotalitarista y de la guerra fría, muestra al mismo tiempo sus límites y sus debilidades. La ONU, tal como lo hemos sugerido, es globalmente irreformable, aun cuando siga representando mentalmente el futuro de la gobernanza mundial. Europa, que ha integrado notablemente la totalidad o casi de su espacio continental y que ha negociado admirablemente el cambio posterior a la guerra fría, muestra también los límites de su modelo. En resumidas cuentas, el mundo del siglo XXI de alguna manera es la culminación de un ciclo histórico que comenzó hace varios siglos pero, paradójicamente, es al mismo tiempo un modelo no acabado, imperfecto e inviable a mediano y largo plazo. El modelo hobbesiano debía conducir en teoría a un gobierno mundial autoritario, el de Rousseau a una confederación internacional, el de Kant a una colectividad de Estados reformados, pacíficos y que actuaran por el bien de la humanidad. Por ahora, ninguno de esos modelos se percibe en el horizonte. Por otra parte, si bien la guerra inter-Estados prácticamente ha desaparecido, otros conflictos, a menudo de una violencia extrema, y otras amenazas surcan un horizonte cuyo cielo aparece perpetuamente ensombrecido por nubarrones. Y, a pesar de que los totalitarismos y las grandes guerras entre naciones se hayan acabado, el siglo XXI sigue perpetuando una tradición iniciada en el siglo precedente: la de las víctimas civiles, cuya proporción en comparación con las víctimas militares no deja de aumentar (aun cuando, en cifras, la cantidad de víctimas disminuye).


Los rasgos de la transición del siglo XX al XXI

“el viejo mundo se muere, el nuevo mundo tarda en aparecer
y en ese claroscuro surgen los monstruos”
Antonio Gramsci

Antes de hablar de la arquitectura de una gobernanza mundial, resumamos entonces la situación actual de las “relaciones internacionales” que se ven marcadas, aunque más no sea por efecto acumulativo, por una profunda ruptura con el pasado.

-Pesada herencia westfaliana, con el rol preponderante de los Estados, con relaciones de fuerza que favorecen a las grandes potencias y relaciones entre Estados signadas por las reglas del pasado.
-Retroceso, relativo y quizás momentáneo, de las dos superpotencias de la guerra fría, incluyendo a los EEUU luego del fiasco en Irak que demuestra los límites de la proyección de su potencia y una legitimidad debilitada del modelo político norteamericano.
-Mayor poder de nuevos actores, generalmente de antiguas y hasta muy antiguas superpotencias : China, India, Irán.
-Luego de varios siglos, fin de la hegemonía occidental sobre las relaciones internacionales.
-Mundialización/globalización que permite a algunos países y pueblos acceder a la prosperidad, e incluso a la libertad y la democracia, pero que proyecta a otros países hacia los abismos de la historia.
-Estancamiento de la ONU, que encarna pese a todo el modelo de seguridad colectiva que supuestamente reemplaza al modelo westfaliano.
-Avance de la democracia como modelo preferencial de organización política, pese a las insatisfacciones que dicho modelo pueda generar.
-Avance significativo de la paz y detención casi total de los conflictos clásicos entre Estados.
-Irresolución de conflictos endémicos (Cercano Oriente, Región de los Grandes Lagos africanos, Sri Lanka, Colombia).
-Estancamiento de regiones enteras del planeta que conlleva, como en Medio Oriente, un serio riesgo de crisis potenciales.
-Crecimiento demográfico no controlado en algunas regiones como África, más rápido que el crecimiento económico.
-Rechazo de algunos principios del sistema westfaliano, tales como el respeto de la soberanía nacional (deber de injerencia).
-Papel más importante de actores no estatales, de tipo Al-Qaeda.
-Progresión significativa de la religión en la esfera política.
-Problemas potenciales en lo referente a la proliferación nuclear.
-La guerra se considera cada vez más como un fracaso de la política y no ya como su continuación.
-Creciente toma de conciencia de las amenazas para el medioambiente, de la importancia de la ecología y, más generalmente, del lugar del ser humano dentro de su entorno.
-Revolución informática y sus consecuencias, incluso dentro de la política internacional.

Contrariamente al sentimiento general imperante desde 1991, y sobre todo desde 2001, el mundo es, globalmente, mucho más seguro y pacífico de lo que fue en el período precedente, y con más razón en la primera mitad del siglo XX, a pesar de la irrupción de nuevos conflictos y de la no resolución de conflictos antiguos. Ahora bien, aunque el estado actual no nos permita bajar la guardia, y mucho menos todavía alegrarnos, todos o casi todos los estudios sobre el tema demuestran que el mundo, en su conjunto, es mucho más pacífico hoy -quizás sería más apropiado decir "menos belicoso"- de lo que fue durante las décadas y siglos precedentes.

Esta constatación es muy importante, porque nos permite fijar nuestra atención y canalizar nuestra energía sobre otros problemas que, aunque no son nuevos, se plantean hoy como de suma importancia mientras que parecían inexistentes hasta hace algunos años. Esta constatación de paz es primordial, sobre todo porque los nuevos desafíos ya no son únicamente de incumbencia de los Estados tal como ocurría anteriormente. Esto permite que la sociedad civil haga su aparición con fuerza, tal como puede hacerlo dentro de una democracia. Los problemas vinculados con el medioambiente, por ejemplo, no sólo incumben a los Estados sino también a sus poblaciones. A pesar de todo, este mundo menos belicoso no deja de ser por ello inestable e incierto, tal vez justamente porque al ser más pacífico los problemas de estabilidad parecen ser menos urgentes. De hecho, y contrariamente a todos los períodos de ruptura geoestratégica precedentes, el final de la guerra fría es único en cuanto a que no produjo un “contrato geopolítico” (y por lo tanto tratados internacionales) entre los Estados constitutivos del nuevo escenario. Esta ausencia de “contrato” es la que genera problemas hoy en día y hace que una crisis surgida de “ninguna parte” pueda eventualmente involucrar a la totalidad de un mundo que -todos coinciden en esto- cada vez es más interdependiente y cada vez está menos organizado.

En la actualidad, los problemas que nos afectaban anteriormente han desaparecido o han disminuido claramente. A saber:

Fin, o casi, de los conflictos inter-Estados que definían la esencia misma de las relaciones internacionales.
Fin de la amenaza de un cataclismo nuclear, gran amenaza del período 1945-1991.
Desaparición de los grandes imperios coloniales, de los cuales el último en caer fue la Unión Soviética.
Surgimiento de una Europa pacífica y unida, mientras que durante siglos Europa fue el punto de partida principal de conflictos armados.
Fin del enfrentamiento ideológico característico del siglo XX y desaparición de los grandes Estados totalitarios, pero mantención de pequeños, aunque no tan pequeños, Estados totalitarios (numerosos en el mundo árabe).
Desaparición de las “superpotencias”, dado que los Estados Unidos, última superpotencia, comprometió sus chances de mantener ese estatuto luego de los eventos de 2001, principalmente a causa de la política de George W. Bush que, paradójicamente, estaba destinada a ampliar ese estatuto.

Luego de 1991 se instala pues un período de ruptura que cuenta con la particularidad de no haber engendrado revolución alguna en el ámbito de las relaciones internacionales, cosa que sí ocurrió, por ejemplo, en 1648, en 1815 (tratándose en ese caso de una “contrarrevolución”), en 1919 y en 1945. Las instituciones se mantuvieron notablemente inalteradas; la arquitectura geopolítica, con excepción del desmembramiento de la URSS, no se modificó; no se crearon, como en 1945, nuevos modos internacionales de regulación (Bretton Woods, ONU, etc.), no hubo planes “Marshall” o siquiera un hilo conductor más o menos coherente (estrategia del containment), dado que las teorías sobre el fin de la historia o el choque de civilizaciones no constituyen más que una interpretación, que muchos observadores consideran dudosa y hasta nefasta, de las nuevas realidades del momento, por cierto complejas.

Los atentados del 11 de septiembre, aun cuando no hayan modificado el mundo como la caída de la URSS, tuvieron sin embargo el efecto, de modo indirecto o involuntario sobre todo, de poner de manifiesto el desfase que se había instalado en la década previa entre la nueva realidad por un lado y la visión dominante de dicha realidad por otro, vehiculada esta última especialmente por los gobernantes, es decir los actores principales de la gran política. Los efectos negativos de la mundialización, la erosión de la potencia de los Estados, el aumento de algunas desigualdades, especialmente entre los pueblos, aparecen entonces como más insostenibles en la medida en que la ideología dominante nos prometía un mundo cada vez más libre, próspero, seguro e igualitario. Los Estados, las grandes instituciones internacionales (y las ONGs) y el “mercado” no podrán entonces por sí solos responder a las amenazas y a los desafíos que el siglo XXI ya plantea y de los cuales no vemos sino la punta del iceberg.

Es por ello que la elaboración y la construcción de una nueva arquitectura de gobernanza mundial aparece como una necesidad, e incluso como un deber moral en un mundo en donde todo es posible, lo mejor y lo peor, y una u otra de estas alternativas depende en gran medida de la forma en que se aborde en los próximos años el problema de la gobernanza mundial.

Ahora bien, las grandes potencias “emergentes” del momento, China e India, e igualmente Europa -con algunas reservas sobre sus capacidades para progresar en el futuro- van a jugar potencialmente un papel considerable en la resolución de este problema, puesto que son ellas quienes encarnan a su manera dos modelos de éxito económico (para China e India), social y político (para Europa), mientras que las potencias del pasado (reciente), Rusia o Estados Unidos, siguen actuando según los puntos de referencia de la guerra fría, tal como lo demuestran la brutal política interior de Putin y la política exterior anacrónica -especie de continuación de la guerra fría- de George W.Bush. Aun cuando nuestro deseo de igualdad nos llevaría a pensar que todos los países, pequeños y grandes, tienen algo para decir, el realismo que caracteriza a la política a gran escala nos demuestra día a día que los actores “protagonistas” tienen un peso mucho mayor que el de los “papeles secundarios”. En este sentido, el modelo europeo permite que estos últimos, si tienen la suerte de ocupar un espacio geográfico dentro de Europa, se integren a un conjunto que juega un papel protagónico. Queda por agregar que estas tres entidades políticas tienen problemas -políticos, económicos y sociales- que pueden constituir obstáculos paralizadores para estas superpotencias en formación.


Un enfoque realista : el Estado en el centro de la gobernanza mundial

Quiérase o no, el futuro de la gobernanza mundial pasa obligatoriamente por una profunda reconfiguración de las modalidades que rigen las relaciones entre los primeros actores del gran escenario político: los Estados. Esta constatación podría parecer paradójica, puesto que el “Estado” se caracteriza en primer lugar por sus límites, sus negaciones, sus malos hábitos y su falta de habilidad para abordar el problema de la mundialización. Todos coinciden en hablar, por ejemplo, de una inevitable erosión del Estado considerando que, a largo plazo, el mismo está condenado a desaparecer. No es ésta una idea muy novedosa, puesto que el mismo Marx avanzaba esa hipótesis ya en el siglo XIX. Pero aun cuando otros actores más o menos legítimos hayan ido ocupando un lugar cada vez mayor sobre el escenario mundial, en virtud del deshielo de la posguerra fría y de la revolución de las comunicaciones, éstos juegan, en el mejor de los casos, un papel secundario –incluyendo a la ONU y a las grandes multinacionales- en lo que hace a la conducción de los grandes asuntos de este mundo. El Estado será central en la implementación -si tal implementación ocurre- de una nueva arquitectura de la gobernanza mundial.

Al igual que en la historia del huevo y la gallina, es difícil concebir si la reforma -necesaria- del Estado es la que generará esa nueva arquitectura o si, en sentido inverso, esa construcción es la que provocará la reforma del primero. Apostemos a que esta doble transformación tenga lugar simultáneamente, dado que una nueva arquitectura es imposible sin reforma del modelo estatal y que una reforma del modelo estatal sólo puede ser provocada a fin de cuentas por la presión de las placas tectónicas de la geopolítica (y la geoeconomía) planetaria.

Para seguir avanzando será necesario sentar ciertas bases y abandonar asimismo algunos prejuicios. Empecemos por estos últimos. Hasta ahora, la arquitectura de las relaciones internacionales se definió a partir de tres modelos: el del Imperio, el del equilibrio y el de la seguridad colectiva. Estos tres modelos son los que dominan hasta la actualidad los debates políticos, incluso cuando se les dé otros nombres (modelo hegemónico, política unilateral o multilateral, por ejemplo). Ahora bien, se trata de modelos que fueron constituidos para encuadrar la potencia de los Estados, en un entorno en el que el objetivo de cada uno era, al mismo tiempo, preservar su seguridad y, según los casos, aumentar su territorio, su poder o su influencia (las diversas clasificaciones -peso económico o militar, por ejemplo- que encontramos regularmente en los periódicos dan muestras de esta actitud de competencia agresiva entre los países).

Pero sucede que, de ahora en más, ni el territorio ni el poderío bruto siquiera resultan finalmente puntos importantes para la gran mayoría de los Estados. El deseo de influenciar sigue estando, pero ya no está necesariamente asociado a consideraciones de prestigio o de seguridad nacional. Globalmente, y con notables excepciones, el Estado se ha vuelto una herramienta al servicio de los pueblos y no ya al servicio de la nación, distinción histórica cuyas consecuencias son fundamentales. Por haber confundido eso la administración Bush, retomando el ejemplo más elocuente de la década, se embarcó en una de las aventuras más desastrosas de los últimos cincuenta años, superando incluso el caso paradigmático del conflicto de Vietnam.

La característica primordial del concepto de gobernanza mundial reside en poder proyectarse más allá de la idea de gestión de la potencia que ocupaba el centro de las relaciones internacionales. Queda por averiguar por qué, en un contexto en el cual los países ricos están en una situación favorable, buscarían o propiciarían un sistema de gobernanza mundial que pudiera modificar el statu quo. La sencilla respuesta a esta pregunta postula el gran retorno de la ética a las decisiones políticas y la conciencia de que nos une un destino planetario, cuya preocupación central sería la preservación de nuestro medioambiente más que la elaboración y difusión de un modelo político, económico, social y cultural de vocación universal (Estados Unidos y Francia luego de 1776 y 1789). Ese cambio de actitud, en contraste con el laissez-faire económico característico de la mundialización, constituye el medio para que lo “político” recupere la mano que ha perdido frente a lo “económico”.

Globalmente, el Estado que sirve al pueblo es democrático por definición. Cierto es que los Estados Unidos constituyen un modelo de democracia cuyo balance es más que dudoso en ese campo actualmente, pero la capacidad democrática de un país se mide a mediano y largo plazo, y no sobre los pocos años que dura un mandato electoral. La democracia se encuentra entonces en el “corazón” mismo de la gobernanza mundial, retomando los términos de Rousseau, Kant o Woodrow Wilson, entre otros.


La exigencia democrática

Si hay algo que una comunidad de Estados democráticos debería garantizar es la paz, puesto que los países democráticos en principio no deberían librarse guerras entre sí (lo cual no impide que haya querellas o incluso conflictos no militares). El espinoso problema de la “paz democrática” reside en que ésta necesita una comunidad mundial democrática que, a pesar de los progresos que ha habido en este sentido, todavía está lejos de ser garantizada en la actualidad. Por otra parte, esta democratización global no puede imponerse de manera artificial y menos por la fuerza. El proceso de democratización es difícil y es fuente de inestabilidad. La democratización de una región como Medio Oriente, por ejemplo, dista de ser algo sencillo o ya ganado. Más allá de un proceso de democratización del escenario político mundial, otros problemas post-bellum reclaman soluciones que la democratización no resuelve automáticamente. Hay que proceder más allá de la democratización, aun cuando ésta sea, de por sí, una condición previa necesaria para avanzar.

Complicando aún más la tarea, la evolución de las sociedades, más rápida que la de las instituciones, generó una crisis del Estado democrático y éste sufre de una creciente falta de legitimidad en un contexto en donde es incapaz de tratar directamente todos los problemas y donde las limitaciones impuestas por el sistema electoral impiden la necesaria evolución de la reflexión política, indispensable para la regeneración de los sistemas. De ello resulta, a imagen y semejanza de los Estados Unidos, un notable crecimiento del recurso al fetichismo institucional (respeto absoluto y a ciegas de los principios de los Padres Fundadores) y a un contagio político de lo sagrado en Estados que, a priori, se basan en la laicidad.

La democracia es un sistema de gobernanza que ante todo concierne a los Estados. En la antigüedad se la concibió para micro-Estados y, contra toda expectativa, demostró que podía -dentro de un Estado- gobernar a varios millones de individuos, tal como sucede en la India. Y sobre todo demostró también que podía adaptarse a todos los modos nacionales, sociales y culturales, dado que la experiencia de la democracia, contrariamente a una idea general muy difundida, no es una condición para que se la pueda implementar con éxito. Es por eso que la idea de una democracia planetaria, suerte de gobierno democrático mundial, es atractiva. Sin embargo no es realista, ya que los Estados, grandes o pequeños, no están dispuestos a abandonar su soberanía nacional. Ahora bien, el problema de la gobernanza mundial -como históricamente el de las relaciones internacionales- radica en conciliar la estructura política que gobierna a los pueblos con la que gobierna a las relaciones entre dichos pueblos.

Pero al igual que en la física y sus teorías de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, la gestión política de lo nacional está completamente separada de la gestión política de lo inter- o de lo supranacional. De allí la noción de “anarquía” tan apreciada por los politólogos especialistas en relaciones internacionales. En la “anarquía”, el régimen de las relaciones internacionales se ve guiado por una ausencia total de gobierno en los puntos en los cuales el Estado, tradicionalmente, se focalizaba justamente sobre “el aparato estatal”.

En efecto, el problema principal de la organización política, y en consecuencia de la gobernanza, radica en saber hasta qué punto el Estado puede inmiscuirse en la gestión de la sociedad y los asuntos de los ciudadanos. Se trata de un problema que ya trataban Platón, en su obra República, y Aristóteles, en Ética y en Política, en términos que hoy en día aún nos conciernen. Ahora bien, la democracia es justamente un medio relativamente eficaz para controlar el aparato estatal, dado que este último muestra naturalmente una tendencia a querer aumentar su poder y extensión. Aun cuando en algunos países en vías de desarrollo o en estado de transición el problema sea el contrario, puesto que el Estado es incapaz de garantizar las funciones vitales de la sociedad, la problemática principal de la gobernanza sigue siendo la de ajustar el poder del Estado y de los regímenes políticos que la encabezan. Nos estamos refiriendo aquí, obviamente, a la gobernanza clásica, la del Estado, y en un contexto en el cual el gobierno sea legítimo. El marco internacional es muy diferente, ya que se caracteriza por el hecho de que ningún aparato estatal ni político gobiernan al conjunto. Sin embargo, el problema básico sigue siendo el mismo porque se trata de la gestión de la potencia, en este caso de los Estados, y de su control. En ausencia de aparatos políticos, jurídicos y legislativos realmente eficaces -a pesar de la existencia de organizaciones internacionales, convenios, tratados, etc.- el escenario internacional es un sistema que oscila entre la anarquía y una autogestión mal llevada.

Si bien en un momento dado de la historia la influencia de la Iglesia cristiana en Europa occidental acercó momentáneamente la gobernanza de los Estados a lo que sería una gobernanza supranacional, la historia mundial, en lo que respecta al tema de la gobernanza, es una historia que progresa a dos velocidades diferentes, en la cual generalmente los avances logrados en el ámbito de la gobernanza “nacional” sólo tuvieron, como mucho, efectos secundarios indirectos sobre la gobernanza mundial. Y aunque en el siglo XXI el Estado guarde ya muy pocas relaciones con lo que fueron el Estado antiguo, medieval o moderno, podemos afirmar que la gobernanza supranacional finalmente ha evolucionado muy poco con el tiempo: el enfrentamiento entre la URSS y los Estados Unidos no era tan diferente del conflicto entre Atenas y Esparta.

¿Cómo conciliar gobernanza estatal y gobernanza mundial? He ahí el meollo de la cuestión, puesto que la clave de la historia de las relaciones internacionales reside justamente en el hecho de que esos dos problemas han sido abordados de manera radicalmente diferente e incluso opuesta. A modo de ejemplo, los Estados fueron haciendo constantemente ilegal el hecho de matar a una persona, hasta culminar este proceso con la abolición de la pena de muerte mientras que, al mismo tiempo, muchos problemas “internacionales” siguen resolviéndose mediante el uso de la fuerza, con la muerte de personas -a veces muchas- que este accionar acarrea y que, dentro de ese contexto, se considera perfectamente legítima.

La característica esencial de nuestra posición actual tal vez consista justamente en que, a partir de ahora, habrá que vincular en forma conjunta esos dos aspectos. En otros términos, la reforma de la gobernanza local, estatal o regional sólo será posible a través de una reforma de la gobernanza mundial y viceversa. A título indicativo, y para proseguir con el ejemplo anterior, recientemente se produjo un fenómeno que no deja lugar a dudas: por primera vez en la historia un gobierno se abstuvo de dar a conocer públicamente las cifras de las víctimas enemigas, por temor a impactar a la opinión pública: fue el gobierno norteamericano durante la Guerra del Golfo (1991).

El problema principal de la gobernanza, problema que enfrentamos día a día en nuestra vida cotidiana, es que se han establecido instituciones que definen sus objetivos con respecto a sus competencias (y sus límites), cuando en realidad deberían hacer lo contrario. La problemática de la gobernanza mundial se caracteriza por el hecho de que los objetivos se definen a través de un vacío institucional a nivel internacional -la ONU, y de manera más general el derecho público internacional, jugando el papel del árbol que tapa el bosque- que hace que los Estados terminen resolviendo problemas que están más allá de sus competencias y hasta de su comprensión. ¿Pero cómo podría pretender el Estado, cuyas instituciones no disponen de las armas adecuadas para resolver problemas domésticos, resolver problemas que sobrepasan su marco político? Desde esta óptica, el concepto de “seguridad colectiva” no hace sino postergar el problema, dado que esa seguridad es sólo un conglomerado de instituciones estatales. Resulta significativo que el concepto de gobernanza en sí mismo se perciba como un todo que apenas establece distinciones entre la gobernanza de lo local, lo nacional y lo mundial, puesto que los objetivos en estos distintos niveles a menudo son cercanos o están interconectados.


Una gobernanza mundial realista

El problema al que se confrontan quienes quisieran ver surgir una verdadera arquitectura de la gobernanza mundial consiste en que la realización de lo que querrían construir no se parece en nada a lo que eventualmente se podría construir, dadas las presiones, límites y obstáculos que los rodean y que a menudo pretenden ocultar o minimizar. En consecuencia, más que soñar con una quimérica democracia mundial o con un hipotético gobierno mundial, nos parece mucho más razonable avanzar progresivamente, definiendo los problemas y los objetivos para pensar en el tipo de estructuras y las instituciones capaces de entablar acciones vigorosas para solucionar los problemas precisos que se plantean. Sólo avanzando así podrá esbozarse eventualmente una “gobernanza mundial” digna de ese nombre y cuya forma es imposible de preestablecer puesto que, por definición, irá tomando la forma de los objetivos que se proponga a medida que avance.

Este enfoque no se parece en nada al que adoptaron los arquitectos de la Sociedad de las Naciones luego de la Primera Guerra Mundial, ni al de la ONU luego de la Segunda ni, yendo aún más lejos, al sueño internacionalista que Enrique IV sostenía con su “Gran Designio” para Europa. Desde un punto de vista filosófico, nuestro enfoque estaría más próximo al que adoptaron Jean Monnet y los primeros arquitectos de la futura Unión Europea.


Los pilares de una arquitectura para la gobernanza mundial:

Antes de abordar problemas de orden concreto se hace necesario entonces dar una estructura de base a este plan para una arquitectura global, una especie de armazón capaz de guiar la implementación de los posteriores trabajos. Para construir un nuevo régimen de gobernanza es preciso sentar tres pilares: los objetivos (expresados en una Constitución Mundial), los medios para implementarla y los fundamentos éticos (la Carta de Responsabilidades Humanas) que sirven de hilo conductor a toda la empresa.

De allí surge la idea de una “Constitución Mundial” fundada sobre algunos conceptos precisos, en particular en el ámbito de la ética, que las “relaciones internacionales” han dejado de lado anteriormente. Una estructura de esta índole podría basarse sobre cuatro ejes:

I. Vencer la pobreza: Deber de vencer la pobreza y salvaguardar nuestra Tierra para nosotros y para nuestros hijos,

II. Establecer la dignidad: La dignidad de cada individuo implica que éste contribuye a la libertad y la dignidad de los demás,

III. Paz y justicia: Una paz duradera no puede establecerse sin una justicia que respete la dignidad y los derechos humanos,

IV. Legitimidad del poder: El ejercicio del poder sólo es legítimo cuando está al servicio de todos y es controlado por los pueblos.

En síntesis, debemos reafirmar una vez más el principio fundador de la comunidad internacional: nuestro mundo pertenece a todos y ningún gobierno ni institución pueden detentar la autoridad sin contar con la voluntad democrática de todos los ciudadanos.


Algunos problemas concretos

Luego se trata de abordar problemas precisos. Podríamos mencionar una larga lista de problemas que nos afectan a más corto o largo plazo y que atañen los campos de la salud pública, el medioambiente, el desarrollo sustentable y los emigrantes. Nos limitaremos aquí a algunos problemas que fueron, y siguen siendo hasta la actualidad, problemas clásicos de las “relaciones internacionales”.

La violencia organizada

Comencemos por este problema que, desde la antigüedad, ocupa un lugar central en el debate sobre la gobernanza: la violencia organizada y su legitimidad.

Hoy en día, con los problemas ligados a la proliferación nuclear y al terrorismo, y también con el cuestionamiento del sacrosanto principio del respeto de la soberanía nacional y su consecuencia directa -el principio de la no injerencia- este tema se torna de una actualidad candente.

Desde esta perspectiva, las discutibles elecciones presidenciales del año 2000 en Estados Unidos y la invasión a Irak que es una de sus consecuencias demostraron, por partida doble, que la democracia -y lo que es más, en un país que se presenta como modelo universal de la misma- no es capaz de responder al problema de la legitimidad del uso de la violencia organizada, a partir del momento en que un ínfimo grupo de individuos (por ejemplo en un barrio de una cuidad de Florida) decide sobre el destino de un pueblo entero e incluso de una región (Medio Oriente), sin conocer siquiera el efecto de su elección. El ejemplo israelí, en el marco del conflicto en Cercano Oriente, demuestra de qué manera el accionar de una democracia, ejemplar en otros ámbitos, se traduce en los hechos por una dura política de potencia en la cual no existe esa dimensión moral que forma parte, sin embargo, de los principios democráticos.

Por otra parte, la invasión a Irak decidida por el gobierno norteamericano pone de manifiesto la insignificancia de los principios tradicionales de la “razón de Estado” en un contexto geopolítico en el cual el uso de la fuerza militar se ha vuelto extremadamente limitado y de muy poco alcance, puesto que la “hiperpotencia” es incapaz de imponerse en un escenario secundario. En el mismo momento, ¿un uso multilateral de la diplomacia, o hasta de la fuerza militar, no sería útil en Darfur o inclusive en Zimbabwe, dos casos donde la (muy) mala gobernanza es responsable de indescriptibles males para las poblaciones afectadas?

Pero ni los Estados involucrados –ni los que deberían estarlo- son capaces actualmente de resolver esta cuestión crucial de la legitimidad del uso de la violencia. Las Naciones Unidas, que por cierto tienen algún peso, ya no son capaces tampoco de responder a este problema, dado que al ser los Estados mismos quienes constituyen este organismo, y los más poderosos de entre ellos quienes lo dirigen, no puede cuestionar los principios.

¿Qué hacer? Por el momento es la opinión pública, en democracia, quien está generando la evolución de las mentalidades en este ámbito. Gracias a esa opinión pública (a los movimientos sociales por la emancipación dirán algunos, con razón) se produjo la descolonización. Gracias a ella -y algunos dirán a causa de ella- los Estados Unidos no pueden presionar con toda su fuerza en Irak y en otras partes. Pero la opinión pública evoluciona lentamente y es manipulable, sobre todo a corto plazo, por los medios y, principalmente, por los gobiernos.

Hay que ir más lejos entonces para movilizar las mentalidades sólidamente arraigadas en la idea tradicional de que el Estado es la única fuente de legitimidad en el uso de la fuerza y que el ejercicio de sus prerrogativas en ese ámbito se vincula esencialmente con su seguridad nacional, o al menos con lo que el gobierno entiende por dicho concepto, finalmente muy maleable.

Se plantea entonces la cuestión de saber si podría haber otra fuente de legitimidad que sirviera de autoridad o al menos de brújula para todo lo que se relaciona con los problemas ligados al uso de la violencia organizada (principalmente la fuerza militar, pero no sólo ella). ¿Y cuál sería esa fuente?¿Se trataría de una especie de “Alta autoridad de la gobernanza internacional” independiente?¿Sería un Consejo de Sabios o un consejo “supraconstitucional”? ¿Un comité de representantes de los Estados, de los gobiernos o de la sociedad civil? En todos los casos, se trataría de una institución independiente que funcionaría según los más rigurosos principios de la democracia y de la ética, pues ésta es la novedad, saber que la ética ocupa una parte importante de las decisiones.

La cuestión merece entonces plantearse, aun cuando al principio las reticencias sean extremadamente grandes, puesto que una iniciativa de esta índole limitaría la libertad de acción de los Estados más poderosos, y de los demás también. Pero la implementación de una entidad así podría hacerse, al principio, con medios limitados, con la idea de que su creciente éxito vaya aumentando su legitimidad y su peso sobre las grandes decisiones.

La amenaza terrorista

Desde el año 2001 se ha hablado mucho sobre la amenaza terrorista, incluso de manera exagerada por parte de algunos gobiernos que explotaron dicha amenaza en su favor. El terrorismo no amenaza la seguridad del planeta y menos aún la supervivencia de Occidente. Se trata no obstante de una amenaza que se extiende más allá del marco de las fronteras nacionales y que, potencialmente, afecta a todo el mundo e inclusive es uno de los pocos problemas de seguridad que se ubica al mismo tiempo entre lo internacional, lo nacional y lo local. La lucha antiterrorista, por ejemplo, involucra al mismo tiempo a las ciudades, las policías, las agencias de servicios, los ejércitos nacionales, las Naciones Unidas y la Interpol, para citar a los más importantes. De manera más general, este combate casi permanente involucra también al ciudadano normal. Frente a esta amenaza vemos, desde 2001 –año que marca la gran toma de conciencia de esta realidad que existe desde hace más de un siglo-, que no existe ningún aparato capaz de coordinar la lucha antiterrorista en el plano internacional y ni siquiera instituciones capaces de informar a los ciudadanos sobre la naturaleza de esta amenaza cuyo blanco es, justamente, el ciudadano normal. Vemos también que todo se juega casi exclusivamente en un escenario de enfrentamiento psicológico, donde lo que está en juego fundamentalmente es la opinión pública. Cierto es que se establecieron contactos entre diversas agencias y se crearon redes, pero a menudo se trata de acciones dispersas que carecen de un verdadero eje que las vincule.

La cuestión nuclear

Lo nuclear presenta el ejemplo perfecto de un problema que tendría que haber sido resuelto hace muchos años y cuya solución definitiva aún hoy no vislumbramos. El fin de la guerra fría no generó ninguna evolución significativa en este campo, a no ser el proseguimiento de los acuerdos entablados por los dos bloques en pleno enfrentamiento. Si la estrategia nuclear tuvo quizá cierto sentido político durante la guerra fría –aunque fuera en un contexto absurdo en el plano ético y filosófico-, la posesión de arsenales nucleares, aun reducidos, por parte de un pequeño grupo de países, entre ellos las potencias nucleares tradicionales (las del Consejo Permanente de Seguridad de la ONU) y tres o cuatro países más, no se justifica hoy en día bajo ningún concepto, y menos aún el desarrollo de armas nucleares.

¿Y qué vemos en cambio? No sólo las potencias tradicionales ni siquiera se plantean la cuestión de saber si abandonarían sus arsenales y programas sino que además intentan negar a otros (Corea, Irán) el acceso a la tecnología nuclear -por cierto con dudosos objetivos, mientras avalan a otras naciones (India). ¿No es ésta una manera de afirmar que la potencia y la ley del más fuerte siguen rigiendo los asuntos internacionales?

Contrariamente al terrorismo, que es un fenómeno complejo y multidimensional, lo nuclear es un problema sencillo, puesto que hasta nuevo aviso sólo concierne a los Estados (que se complacen en agitar la bandera y la supuesta amenaza de un terrorismo nuclear), y sólo a un puñado de entre ellos. Pero aunque el problema sea sencillo no por eso deja de ser espinoso, dado que una explosión nuclear tiene, por definición, un enorme potencial de destrucción. Pero ni los Estados involucrados ni las Naciones Unidas (que es lo mismo o casi, en este caso) tienen la voluntad de abandonar un instrumento de prestigio que puede eventualmente servir en pulseadas diplomáticas –y no olvidemos que la nueva doctrina nuclear estadounidense apunta a un uso muy amplio del arma nuclear (derecho de retracto, lucha antiterrorista, etc.)-. Lo nuclear, producto residual de la guerra fría, debería resolverse. Por el momento, está lejos de serlo.

Las nuevas guerras

Los conflictos tradicionales han durado mucho tiempo. Actualmente ya prácticamente no hay guerras entre Estados. El desmoronamiento de todos los imperios significó también el fin de las guerras de liberación nacional. Los nuevos conflictos son de otro orden. En primer lugar, afectan sobre todo a los países “periféricos” o “marginales”, alejados de los epicentros geopolíticos. Estos países son a menudo países pobres o empobrecidos y, al mismo tiempo, mal gobernados. También han surgido nuevas causas de conflicto. Las mismas son cada vez menos políticas y cada vez más económicas y ligadas al medioambiente. Los problemas ambientales (sequías, acceso al agua potable) son ahora causas de conflicto, con todas las consecuencias que ello implica (desplazamiento de poblaciones, por ejemplo), y se articulan con otras fuentes potenciales de conflicto (resentimientos históricos, enemistad interétnica o conflictos de opinión). Para estos conflictos se requieren nuevos enfoques, incluyendo un buen conocimiento de los problemas, una voluntad compartida de prevenir la escalada de violencia y el deber de injerencia en los asuntos de un Estado que a menudo, y en el mejor de los casos, es incapaz de prevenir el conflicto.

Resulta imperativo que la prevención de nuevos conflictos como el de Darfur se torne una de las prioridades de la comunidad internacional en el futuro. ¿Cómo avanzar? En este ámbito el enfoque tradicional está destinado al fracaso ya que estos conflictos, por su complejidad y por el hecho de que a menudo ocurren en regiones consideradas de bajo alcance estratégico, no le interesan a priori a los países que podrían intervenir. En estos casos, más aún que en otros, es donde hay que desarrollar nuevas herramientas conceptuales capaces de desembocar en acciones concretas de prevención de estos tipos de conflicto que, si no son controlados, se multiplicarán en el futuro acarreando verdaderas catástrofes humanas. Otros problemas, ocultos hasta ahora, también necesitan ser estudiados. Tomemos un ejemplo: el resentimiento. ¿Cuántos conflictos, crisis y tensiones nacen de resentimientos, algunos de los cuales se vienen arrastrando desde hace siglos? Hoy, cuando las guerras coloniales han terminado o los grandes conflictos de intereses y las luchas de potencia entre los Estados parecen retroceder, el resentimiento es tal vez la causa principal de las guerras y crisis actuales. ¿Y qué hacen los gobiernos para comprender este fenómeno crucial en la historia y particularmente en la historia contemporánea? Ni siquiera los historiadores y politólogos se han preocupado mucho por esta cuestión hasta el momento. Ahora bien, si la guerra preventiva es un engaño, la paz, por su parte, es esencialmente preventiva. Para prevenir, y para actuar también, es imperativo comprender. Para construir el mundo del mañana hay que comprender entonces el mundo de hoy. Esto podría sonar a eslogan político vacío pero, sin embargo, lo que nos falta a menudo es una buena comprensión, necesaria para construir la arquitectura de una gobernanza mundial eficaz, solidaria y responsable.

Envia esta nota por e-mail
Versión para imprimir
Regresar
Copyright © 2009 - Todos los derechos reservados