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MI…RCOLES, 17 de Octubre de 2018
Repensar la gobernanza mundial
15 de Agosto de 2009
Quiérase o no, el futuro de la gobernanza mundial pasa obligatoriamente por una profunda reconfiguración de las modalidades que rigen las relaciones entre los primeros actores del gran escenario político: los Estados.
Autor: Arnaud Blin y Gustavo Marín


Introducción: Del equilibrio internacional a la gobernanza mundial

La ca√≠da de la Uni√≥n Sovi√©tica en 1991 y luego el shock del 11 de septiembre de 2001 marcaron el fin de un largo per√≠odo de la historia internacional llamado ¬ďequilibrio de potencias¬Ē. Desde ese momento, el planeta est√° atravesando una fase de ruptura geoestrat√©gica. El modelo de la ¬ďseguridad nacional¬Ē, aun cuando siga vigente en la mayor√≠a de los pa√≠ses, va dejando lugar a una emergente conciencia colectiva que va m√°s all√° de ese estrecho marco.

Algunos, y nosotros entre ellos, consideran que el futuro de la arquitectura mundial pasa por la implementaci√≥n de un sistema de gobernanza mundial. Ahora bien, la ecuaci√≥n se complica notablemente hoy en d√≠a: mientras que antes se trataba esencialmente de regular y de limitar el poder individual de los Estados para evitar los desequilibrios y la ruptura del statu quo, de ahora en m√°s es imprescindible influir de manera colectiva sobre el destino del mundo, instaurando un sistema de regulaci√≥n para las m√ļltiples interacciones que superan el accionar de los Estados. La relativa homogeneizaci√≥n pol√≠tica del planeta debido a la instauraci√≥n de la democracia llamada liberal (conjugada de muy diversas formas) parecer√≠a facilitar la implementaci√≥n de un sistema de gobernanza mundial que pudiese ir m√°s all√° del laissez-faire del mercado, propulsado por los liberales, y de la paz democr√°tica, sellada como un principio por Immanuel Kant y que constituye una especie de laissez-faire geopol√≠tico.

Unos de los problemas principales de paso del siglo XVIII al XIX fue el de la potencia y el equilibrio. A partir del siglo XIX, el nacionalismo surge como motor de las relaciones internacionales y, combinado con las ideolog√≠as revolucionarias o reaccionarias, provoca las guerras en cadena y los genocidios. En el mismo siglo XIX, la libertad aparece como superestructura filos√≥fica, alimentando al mismo tiempo la ideolog√≠a revolucionaria y el desarrollo de la democracia que, con distinta suerte, se expresar√°n en el siglo XX. El siglo XXI no se perfila como el siglo de la religi√≥n (aun cuando √©sta haya avanzado como fuerza pol√≠tica), siguiendo la famosa profec√≠a de Andr√© Malraux, sino m√°s bien como el de la igualdad. Al menos el de la igualdad en derecho, tanto de los Estados como de los pueblos. Dicha igualdad constituye, junto a la libertad, el segundo pilar filos√≥fico heredado del siglo de la Luces. Dado que la igualdad econ√≥mica es dif√≠cil de implementar a√ļn, el tercer pilar heredado de aquella √©poca, a saber la fraternidad, sigue y seguir√° siendo probablemente una utop√≠a por un buen lapso de tiempo m√°s.

La voluntad de igualdad y la ideolog√≠a ¬ďigualitarista¬Ē que a veces la acompa√Īa, trastocan la situaci√≥n geopol√≠tica puesto que los ¬ďpoderosos¬Ē son quienes determinan el destino colectivo del mundo y, al mismo tiempo, cuestionan la mundializaci√≥n. En efecto, la mundializaci√≥n redistribuye las cartas de manera fuertemente desigual, en un planeta en el cual el crecimiento econ√≥mico ocupa ahora el papel que antes tuviera la potencia pol√≠tica, es decir el de ser el objetivo principal que todos los gobernantes quieren alcanzar. ¬ŅC√≥mo conciliar ese deseo leg√≠timo de igualdad con una realidad que a menudo lo frustra desde un principio? Este es uno de los interrogantes que alg√ļn d√≠a, tarde o temprano, habr√° que responder.


La herencia histórica

Volvamos un momento hacia atr√°s para observar el sistema que hemos heredado y algunas mentalidades ligadas al mismo, especialmente entre los gobernantes, con el fin de poder proyectarnos mejor hacia el futuro.

La arquitectura pol√≠tica moderna se instaura en 1648, al finalizar la Guerra de los Treinta A√Īos, cataclismo pol√≠tico-religioso que marc√≥ el paroxismo de las guerras de religi√≥n europeas y que constituye la √ļltima tentativa hegem√≥nica del imperio de los Habsburgo. La paz de Westfalia pone fin al conflicto e instala en forma duradera el sistema geopol√≠tico que va a gobernar a Europa, y luego al resto del mundo, hasta 1914. La revoluci√≥n westfaliana se caracteriza por la implementaci√≥n de un conjunto de Estados-naciones que se mantiene mediante un complejo equilibrio de las potencias. El sistema es amoral, pero no es inmoral: la raz√≥n de Estado gobierna las relaciones interestatales, la guerra es un recurso normal para el mantenimiento del equilibrio, pero se la ¬ďlimita¬Ē y progresivamente tambi√©n se la codifica. A partir de 1648 la iglesia se aparta del juego pol√≠tico, mientras que el derecho internacional avanza significativamente. La brillante s√≠ntesis de Hugo Grotius -que incluye algunos conceptos teol√≥gicos- se integra de alguna manera a la nueva arquitectura geopol√≠tica. El sistema ¬ďwestfaliano¬Ē se afirma entre 1648 y 1789. Con la llegada de Napole√≥n vuela en pedazos y se lo reestablece en el Congreso de Viena en 1815. Luego atraviesa una larga decadencia que desemboca en el primer conflicto mundial, seguido por la Segunda Guerra Mundial tras un breve par√©ntesis de veinte a√Īos. En 1945 aparece otro sistema de equilibrio "post-westfaliano", sistema bipolar y mantenido por la amenaza de un cataclismo nuclear. El a√Īo 1991 marca el fin de estos sistemas de equilibrio. Tal como ocurri√≥ en 1919 y 1945, cuando se implementaron sistemas de seguridad colectiva, en 1991 se abre el campo te√≥rico de las posibilidades que se perfilan para el futuro. La idea de una gobernanza mundial -concepto anterior a esa fecha- va forj√°ndose un camino.

Ser√≠a contraproducente, sin embargo, negar la resiliencia de algunos conceptos clave heredados del sistema westfaliano o post-westfaliano y subestimar las capacidades del sistema de seguridad colectiva implementado en 1945, cuya gloria mayor es la ONU. La evoluci√≥n de las relaciones internacionales proviene de revoluciones y de rupturas. No obstante, cada √©poca hereda, para bien o para mal, un bagaje m√°s o menos significativo del pasado. De este hecho resulta una arquitectura compleja, constituida por substratos que se van superponiendo unos a otros con una coherencia que no siempre es perfecta ni armoniosa. Inevitablemente, esta arquitectura est√° constituida por paradojas. Por otra parte, algunos elementos provenientes del pasado -por ser m√°s importantes o porque otros elementos han desaparecido- adquieren una magnitud acrecentada por el tiempo. La mundializaci√≥n, por ejemplo, que es un fen√≥meno antiguo, es percibida hoy en d√≠a como la gran revoluci√≥n del momento. Esto se debe por un lado a la desaparici√≥n de las rivalidades del pasado y, por otro, a que la liberalizaci√≥n del planeta pol√≠tico y la revoluci√≥n inform√°tica han modificado la situaci√≥n. Lo mismo ocurre con el terrorismo, fen√≥meno tan viejo como el mundo que, al desaparecer otros riesgos, aparece hoy en d√≠a como m√°s preocupante puesto que es el √ļnico que amenaza la integridad de nuestras sociedades sobreprotegidas. El problema de la proliferaci√≥n nuclear, que tanto preocupa, es el resultado a fin de cuentas positivo del final de la pulseada (nuclear) que, aunque se lo olvide con frecuencia, amenazaba con desintegrar todo el planeta.

La evolución de las sociedades y algunas tomas de conciencia, por ejemplo en lo que respecta al medioambiente, el desarrollo sustentable, la biosfera y las desigualdades, modifican por otra parte la índole de las relaciones entre los pueblos y las relaciones de la humanidad con el planeta. Esta evolución de las mentalidades, más rápida que la de las instituciones, tiene como efecto la creación de un desfase permanente entre nuestra visión colectiva de la realidad y la realidad misma.

Hace unos veinte a√Īos, el mundo parec√≠a asombrosamente simple. El ¬ďparadigma¬Ē predominante de la anarqu√≠a mundial -heredado del fil√≥sofo Thomas Hobbes- postulaba un conjunto dominado por Estados que, de manera racional, actuaban seg√ļn el principio de la seguridad nacional y la inteligencia de las relaciones de fuerzas, siguiendo las reglas simples de un sistema ideol√≥gicamente heterog√©neo, con dos bloques enfrentados uno contra otro. La estabilidad de dicho sistema proven√≠a de un equilibrio alimentado por el terror a la guerra nuclear y en el cual, a fin de cuentas, cada uno intentaba mantener el statu quo ganando al mismo tiempo terreno sobre el adversario. La ausencia de un regulador mundial de las relaciones de fuerza alimentaba el car√°cter ¬ďan√°rquico¬Ē de un sistema que por otra parte era relativamente estable. El modelo de la seguridad colectiva, encarnado por la ONU, rival te√≥rico del de la anarqu√≠a, no hac√≠a en realidad sino apoyar el statu quo, dado que las potencias dominantes de 1945 eran tambi√©n las que ten√≠an en sus manos, a trav√©s del Consejo Permanente de Seguridad, las cartas fundamentales de una seguridad colectiva m√°s virtual que real.

Ese ¬ďmalentendido¬Ē sobre la naturaleza de la seguridad colectiva es el que, sesenta a√Īos despu√©s de la creaci√≥n de la ONU, contribuye al hecho de que esa instituci√≥n -por cierto √ļtil y necesaria- sea tan dif√≠cil de reformar. Ahora bien, los discursos sobre la reforma de la Organizaci√≥n de las Naciones Unidas constituyen, hoy como ayer, el discurso predominante sobre el futuro de la gobernanza mundial. Pero las cosas se mueven tan lentamente que da la sensaci√≥n de ser un discurso sin salida. Es cierto que la ONU evoluciona, ¬Ņpero representa verdaderamente el futuro de la gobernanza mundial?



El agotamiento de los modelos filosóficos

Thomas Hobbes nos brind√≥ en el siglo XVII el modelo an√°rquico que Tuc√≠dides hab√≠a descrito de manera punzante en su relato de La Guerra del Peloponeso. Rousseau y Kant nos propusieron modelos federales y de seguridad colectiva de los que se nutri√≥ el siglo XX. Karl Marx describi√≥ admirablemente, en t√©rminos que a√ļn resuenan hoy en d√≠a, los efectos del capitalismo y de la mundializaci√≥n. Tocqueville, en la misma √©poca, percibi√≥ tempranamente las posibilidades y los l√≠mites de la democracia moderna. En la actualidad, ese recorrido del pensamiento pol√≠tico y econ√≥mico entablado por Hobbes concluye en las paradojas de la situaci√≥n actual.

La anarqu√≠a hobbesiana sigue predominando con un sistema internacional h√≠brido en el cual los Estados siguen teniendo un papel preponderante, en donde el poder y la influencia que √©stos ejercen de manera individual, y a veces colectiva, determinan las relaciones del momento y en el cual la guerra sigue siendo un instrumento de la pol√≠tica (Afganist√°n, Irak, Cercano Oriente). En el mismo contexto, el sistema de la ONU gan√≥ un lugar pero no llega a imponerse, la democracia creci√≥ cuantitativamente, imponi√©ndose como √ļnico modelo de la organizaci√≥n pol√≠tica, la mundializaci√≥n modifica considerablemente los arreglos sociales sobre la totalidad del planeta, Europa ha demostrado posibilidades in√©ditas con respecto al pasado en el plano de la construcci√≥n federal y la paz se ha instalado duraderamente en partes enteras del planeta.

En consecuencia, este ¬ďsistema¬Ē, que no es o que ha dejado de ser uno solo, rompi√≥ con los equilibrios del pasado, mientras que la mundializaci√≥n que gana la esfera geopol√≠tica se ve completamente frenada por el peso de los Estados, generando as√≠ un desfase gigantesco con la globalizaci√≥n econ√≥mica. La democracia liberal, modelo ¬ďvencedor¬Ē de la lucha antitotalitarista y de la guerra fr√≠a, muestra al mismo tiempo sus l√≠mites y sus debilidades. La ONU, tal como lo hemos sugerido, es globalmente irreformable, aun cuando siga representando mentalmente el futuro de la gobernanza mundial. Europa, que ha integrado notablemente la totalidad o casi de su espacio continental y que ha negociado admirablemente el cambio posterior a la guerra fr√≠a, muestra tambi√©n los l√≠mites de su modelo. En resumidas cuentas, el mundo del siglo XXI de alguna manera es la culminaci√≥n de un ciclo hist√≥rico que comenz√≥ hace varios siglos pero, parad√≥jicamente, es al mismo tiempo un modelo no acabado, imperfecto e inviable a mediano y largo plazo. El modelo hobbesiano deb√≠a conducir en teor√≠a a un gobierno mundial autoritario, el de Rousseau a una confederaci√≥n internacional, el de Kant a una colectividad de Estados reformados, pac√≠ficos y que actuaran por el bien de la humanidad. Por ahora, ninguno de esos modelos se percibe en el horizonte. Por otra parte, si bien la guerra inter-Estados pr√°cticamente ha desaparecido, otros conflictos, a menudo de una violencia extrema, y otras amenazas surcan un horizonte cuyo cielo aparece perpetuamente ensombrecido por nubarrones. Y, a pesar de que los totalitarismos y las grandes guerras entre naciones se hayan acabado, el siglo XXI sigue perpetuando una tradici√≥n iniciada en el siglo precedente: la de las v√≠ctimas civiles, cuya proporci√≥n en comparaci√≥n con las v√≠ctimas militares no deja de aumentar (aun cuando, en cifras, la cantidad de v√≠ctimas disminuye).


Los rasgos de la transición del siglo XX al XXI

¬ďel viejo mundo se muere, el nuevo mundo tarda en aparecer
y en ese claroscuro surgen los monstruos¬Ē
Antonio Gramsci

Antes de hablar de la arquitectura de una gobernanza mundial, resumamos entonces la situaci√≥n actual de las ¬ďrelaciones internacionales¬Ē que se ven marcadas, aunque m√°s no sea por efecto acumulativo, por una profunda ruptura con el pasado.

-Pesada herencia westfaliana, con el rol preponderante de los Estados, con relaciones de fuerza que favorecen a las grandes potencias y relaciones entre Estados signadas por las reglas del pasado.
-Retroceso, relativo y quizás momentáneo, de las dos superpotencias de la guerra fría, incluyendo a los EEUU luego del fiasco en Irak que demuestra los límites de la proyección de su potencia y una legitimidad debilitada del modelo político norteamericano.
-Mayor poder de nuevos actores, generalmente de antiguas y hasta muy antiguas superpotencias : China, India, Ir√°n.
-Luego de varios siglos, fin de la hegemonía occidental sobre las relaciones internacionales.
-Mundialización/globalización que permite a algunos países y pueblos acceder a la prosperidad, e incluso a la libertad y la democracia, pero que proyecta a otros países hacia los abismos de la historia.
-Estancamiento de la ONU, que encarna pese a todo el modelo de seguridad colectiva que supuestamente reemplaza al modelo westfaliano.
-Avance de la democracia como modelo preferencial de organización política, pese a las insatisfacciones que dicho modelo pueda generar.
-Avance significativo de la paz y detención casi total de los conflictos clásicos entre Estados.
-Irresolución de conflictos endémicos (Cercano Oriente, Región de los Grandes Lagos africanos, Sri Lanka, Colombia).
-Estancamiento de regiones enteras del planeta que conlleva, como en Medio Oriente, un serio riesgo de crisis potenciales.
-Crecimiento demogr√°fico no controlado en algunas regiones como √Āfrica, m√°s r√°pido que el crecimiento econ√≥mico.
-Rechazo de algunos principios del sistema westfaliano, tales como el respeto de la soberanía nacional (deber de injerencia).
-Papel m√°s importante de actores no estatales, de tipo Al-Qaeda.
-Progresión significativa de la religión en la esfera política.
-Problemas potenciales en lo referente a la proliferación nuclear.
-La guerra se considera cada vez más como un fracaso de la política y no ya como su continuación.
-Creciente toma de conciencia de las amenazas para el medioambiente, de la importancia de la ecología y, más generalmente, del lugar del ser humano dentro de su entorno.
-Revolución informática y sus consecuencias, incluso dentro de la política internacional.

Contrariamente al sentimiento general imperante desde 1991, y sobre todo desde 2001, el mundo es, globalmente, mucho más seguro y pacífico de lo que fue en el período precedente, y con más razón en la primera mitad del siglo XX, a pesar de la irrupción de nuevos conflictos y de la no resolución de conflictos antiguos. Ahora bien, aunque el estado actual no nos permita bajar la guardia, y mucho menos todavía alegrarnos, todos o casi todos los estudios sobre el tema demuestran que el mundo, en su conjunto, es mucho más pacífico hoy -quizás sería más apropiado decir "menos belicoso"- de lo que fue durante las décadas y siglos precedentes.

Esta constataci√≥n es muy importante, porque nos permite fijar nuestra atenci√≥n y canalizar nuestra energ√≠a sobre otros problemas que, aunque no son nuevos, se plantean hoy como de suma importancia mientras que parec√≠an inexistentes hasta hace algunos a√Īos. Esta constataci√≥n de paz es primordial, sobre todo porque los nuevos desaf√≠os ya no son √ļnicamente de incumbencia de los Estados tal como ocurr√≠a anteriormente. Esto permite que la sociedad civil haga su aparici√≥n con fuerza, tal como puede hacerlo dentro de una democracia. Los problemas vinculados con el medioambiente, por ejemplo, no s√≥lo incumben a los Estados sino tambi√©n a sus poblaciones. A pesar de todo, este mundo menos belicoso no deja de ser por ello inestable e incierto, tal vez justamente porque al ser m√°s pac√≠fico los problemas de estabilidad parecen ser menos urgentes. De hecho, y contrariamente a todos los per√≠odos de ruptura geoestrat√©gica precedentes, el final de la guerra fr√≠a es √ļnico en cuanto a que no produjo un ¬ďcontrato geopol√≠tico¬Ē (y por lo tanto tratados internacionales) entre los Estados constitutivos del nuevo escenario. Esta ausencia de ¬ďcontrato¬Ē es la que genera problemas hoy en d√≠a y hace que una crisis surgida de ¬ďninguna parte¬Ē pueda eventualmente involucrar a la totalidad de un mundo que -todos coinciden en esto- cada vez es m√°s interdependiente y cada vez est√° menos organizado.

En la actualidad, los problemas que nos afectaban anteriormente han desaparecido o han disminuido claramente. A saber:

Fin, o casi, de los conflictos inter-Estados que definían la esencia misma de las relaciones internacionales.
Fin de la amenaza de un cataclismo nuclear, gran amenaza del período 1945-1991.
Desaparici√≥n de los grandes imperios coloniales, de los cuales el √ļltimo en caer fue la Uni√≥n Sovi√©tica.
Surgimiento de una Europa pacífica y unida, mientras que durante siglos Europa fue el punto de partida principal de conflictos armados.
Fin del enfrentamiento ideol√≥gico caracter√≠stico del siglo XX y desaparici√≥n de los grandes Estados totalitarios, pero mantenci√≥n de peque√Īos, aunque no tan peque√Īos, Estados totalitarios (numerosos en el mundo √°rabe).
Desaparici√≥n de las ¬ďsuperpotencias¬Ē, dado que los Estados Unidos, √ļltima superpotencia, comprometi√≥ sus chances de mantener ese estatuto luego de los eventos de 2001, principalmente a causa de la pol√≠tica de George W. Bush que, parad√≥jicamente, estaba destinada a ampliar ese estatuto.

Luego de 1991 se instala pues un per√≠odo de ruptura que cuenta con la particularidad de no haber engendrado revoluci√≥n alguna en el √°mbito de las relaciones internacionales, cosa que s√≠ ocurri√≥, por ejemplo, en 1648, en 1815 (trat√°ndose en ese caso de una ¬ďcontrarrevoluci√≥n¬Ē), en 1919 y en 1945. Las instituciones se mantuvieron notablemente inalteradas; la arquitectura geopol√≠tica, con excepci√≥n del desmembramiento de la URSS, no se modific√≥; no se crearon, como en 1945, nuevos modos internacionales de regulaci√≥n (Bretton Woods, ONU, etc.), no hubo planes ¬ďMarshall¬Ē o siquiera un hilo conductor m√°s o menos coherente (estrategia del containment), dado que las teor√≠as sobre el fin de la historia o el choque de civilizaciones no constituyen m√°s que una interpretaci√≥n, que muchos observadores consideran dudosa y hasta nefasta, de las nuevas realidades del momento, por cierto complejas.

Los atentados del 11 de septiembre, aun cuando no hayan modificado el mundo como la ca√≠da de la URSS, tuvieron sin embargo el efecto, de modo indirecto o involuntario sobre todo, de poner de manifiesto el desfase que se hab√≠a instalado en la d√©cada previa entre la nueva realidad por un lado y la visi√≥n dominante de dicha realidad por otro, vehiculada esta √ļltima especialmente por los gobernantes, es decir los actores principales de la gran pol√≠tica. Los efectos negativos de la mundializaci√≥n, la erosi√≥n de la potencia de los Estados, el aumento de algunas desigualdades, especialmente entre los pueblos, aparecen entonces como m√°s insostenibles en la medida en que la ideolog√≠a dominante nos promet√≠a un mundo cada vez m√°s libre, pr√≥spero, seguro e igualitario. Los Estados, las grandes instituciones internacionales (y las ONGs) y el ¬ďmercado¬Ē no podr√°n entonces por s√≠ solos responder a las amenazas y a los desaf√≠os que el siglo XXI ya plantea y de los cuales no vemos sino la punta del iceberg.

Es por ello que la elaboraci√≥n y la construcci√≥n de una nueva arquitectura de gobernanza mundial aparece como una necesidad, e incluso como un deber moral en un mundo en donde todo es posible, lo mejor y lo peor, y una u otra de estas alternativas depende en gran medida de la forma en que se aborde en los pr√≥ximos a√Īos el problema de la gobernanza mundial.

Ahora bien, las grandes potencias ¬ďemergentes¬Ē del momento, China e India, e igualmente Europa -con algunas reservas sobre sus capacidades para progresar en el futuro- van a jugar potencialmente un papel considerable en la resoluci√≥n de este problema, puesto que son ellas quienes encarnan a su manera dos modelos de √©xito econ√≥mico (para China e India), social y pol√≠tico (para Europa), mientras que las potencias del pasado (reciente), Rusia o Estados Unidos, siguen actuando seg√ļn los puntos de referencia de la guerra fr√≠a, tal como lo demuestran la brutal pol√≠tica interior de Putin y la pol√≠tica exterior anacr√≥nica -especie de continuaci√≥n de la guerra fr√≠a- de George W.Bush. Aun cuando nuestro deseo de igualdad nos llevar√≠a a pensar que todos los pa√≠ses, peque√Īos y grandes, tienen algo para decir, el realismo que caracteriza a la pol√≠tica a gran escala nos demuestra d√≠a a d√≠a que los actores ¬ďprotagonistas¬Ē tienen un peso mucho mayor que el de los ¬ďpapeles secundarios¬Ē. En este sentido, el modelo europeo permite que estos √ļltimos, si tienen la suerte de ocupar un espacio geogr√°fico dentro de Europa, se integren a un conjunto que juega un papel protag√≥nico. Queda por agregar que estas tres entidades pol√≠ticas tienen problemas -pol√≠ticos, econ√≥micos y sociales- que pueden constituir obst√°culos paralizadores para estas superpotencias en formaci√≥n.


Un enfoque realista : el Estado en el centro de la gobernanza mundial

Qui√©rase o no, el futuro de la gobernanza mundial pasa obligatoriamente por una profunda reconfiguraci√≥n de las modalidades que rigen las relaciones entre los primeros actores del gran escenario pol√≠tico: los Estados. Esta constataci√≥n podr√≠a parecer parad√≥jica, puesto que el ¬ďEstado¬Ē se caracteriza en primer lugar por sus l√≠mites, sus negaciones, sus malos h√°bitos y su falta de habilidad para abordar el problema de la mundializaci√≥n. Todos coinciden en hablar, por ejemplo, de una inevitable erosi√≥n del Estado considerando que, a largo plazo, el mismo est√° condenado a desaparecer. No es √©sta una idea muy novedosa, puesto que el mismo Marx avanzaba esa hip√≥tesis ya en el siglo XIX. Pero aun cuando otros actores m√°s o menos leg√≠timos hayan ido ocupando un lugar cada vez mayor sobre el escenario mundial, en virtud del deshielo de la posguerra fr√≠a y de la revoluci√≥n de las comunicaciones, √©stos juegan, en el mejor de los casos, un papel secundario ¬Ėincluyendo a la ONU y a las grandes multinacionales- en lo que hace a la conducci√≥n de los grandes asuntos de este mundo. El Estado ser√° central en la implementaci√≥n -si tal implementaci√≥n ocurre- de una nueva arquitectura de la gobernanza mundial.

Al igual que en la historia del huevo y la gallina, es difícil concebir si la reforma -necesaria- del Estado es la que generará esa nueva arquitectura o si, en sentido inverso, esa construcción es la que provocará la reforma del primero. Apostemos a que esta doble transformación tenga lugar simultáneamente, dado que una nueva arquitectura es imposible sin reforma del modelo estatal y que una reforma del modelo estatal sólo puede ser provocada a fin de cuentas por la presión de las placas tectónicas de la geopolítica (y la geoeconomía) planetaria.

Para seguir avanzando ser√° necesario sentar ciertas bases y abandonar asimismo algunos prejuicios. Empecemos por estos √ļltimos. Hasta ahora, la arquitectura de las relaciones internacionales se defini√≥ a partir de tres modelos: el del Imperio, el del equilibrio y el de la seguridad colectiva. Estos tres modelos son los que dominan hasta la actualidad los debates pol√≠ticos, incluso cuando se les d√© otros nombres (modelo hegem√≥nico, pol√≠tica unilateral o multilateral, por ejemplo). Ahora bien, se trata de modelos que fueron constituidos para encuadrar la potencia de los Estados, en un entorno en el que el objetivo de cada uno era, al mismo tiempo, preservar su seguridad y, seg√ļn los casos, aumentar su territorio, su poder o su influencia (las diversas clasificaciones -peso econ√≥mico o militar, por ejemplo- que encontramos regularmente en los peri√≥dicos dan muestras de esta actitud de competencia agresiva entre los pa√≠ses).

Pero sucede que, de ahora en m√°s, ni el territorio ni el poder√≠o bruto siquiera resultan finalmente puntos importantes para la gran mayor√≠a de los Estados. El deseo de influenciar sigue estando, pero ya no est√° necesariamente asociado a consideraciones de prestigio o de seguridad nacional. Globalmente, y con notables excepciones, el Estado se ha vuelto una herramienta al servicio de los pueblos y no ya al servicio de la naci√≥n, distinci√≥n hist√≥rica cuyas consecuencias son fundamentales. Por haber confundido eso la administraci√≥n Bush, retomando el ejemplo m√°s elocuente de la d√©cada, se embarc√≥ en una de las aventuras m√°s desastrosas de los √ļltimos cincuenta a√Īos, superando incluso el caso paradigm√°tico del conflicto de Vietnam.

La caracter√≠stica primordial del concepto de gobernanza mundial reside en poder proyectarse m√°s all√° de la idea de gesti√≥n de la potencia que ocupaba el centro de las relaciones internacionales. Queda por averiguar por qu√©, en un contexto en el cual los pa√≠ses ricos est√°n en una situaci√≥n favorable, buscar√≠an o propiciar√≠an un sistema de gobernanza mundial que pudiera modificar el statu quo. La sencilla respuesta a esta pregunta postula el gran retorno de la √©tica a las decisiones pol√≠ticas y la conciencia de que nos une un destino planetario, cuya preocupaci√≥n central ser√≠a la preservaci√≥n de nuestro medioambiente m√°s que la elaboraci√≥n y difusi√≥n de un modelo pol√≠tico, econ√≥mico, social y cultural de vocaci√≥n universal (Estados Unidos y Francia luego de 1776 y 1789). Ese cambio de actitud, en contraste con el laissez-faire econ√≥mico caracter√≠stico de la mundializaci√≥n, constituye el medio para que lo ¬ďpol√≠tico¬Ē recupere la mano que ha perdido frente a lo ¬ďecon√≥mico¬Ē.

Globalmente, el Estado que sirve al pueblo es democr√°tico por definici√≥n. Cierto es que los Estados Unidos constituyen un modelo de democracia cuyo balance es m√°s que dudoso en ese campo actualmente, pero la capacidad democr√°tica de un pa√≠s se mide a mediano y largo plazo, y no sobre los pocos a√Īos que dura un mandato electoral. La democracia se encuentra entonces en el ¬ďcoraz√≥n¬Ē mismo de la gobernanza mundial, retomando los t√©rminos de Rousseau, Kant o Woodrow Wilson, entre otros.


La exigencia democr√°tica

Si hay algo que una comunidad de Estados democr√°ticos deber√≠a garantizar es la paz, puesto que los pa√≠ses democr√°ticos en principio no deber√≠an librarse guerras entre s√≠ (lo cual no impide que haya querellas o incluso conflictos no militares). El espinoso problema de la ¬ďpaz democr√°tica¬Ē reside en que √©sta necesita una comunidad mundial democr√°tica que, a pesar de los progresos que ha habido en este sentido, todav√≠a est√° lejos de ser garantizada en la actualidad. Por otra parte, esta democratizaci√≥n global no puede imponerse de manera artificial y menos por la fuerza. El proceso de democratizaci√≥n es dif√≠cil y es fuente de inestabilidad. La democratizaci√≥n de una regi√≥n como Medio Oriente, por ejemplo, dista de ser algo sencillo o ya ganado. M√°s all√° de un proceso de democratizaci√≥n del escenario pol√≠tico mundial, otros problemas post-bellum reclaman soluciones que la democratizaci√≥n no resuelve autom√°ticamente. Hay que proceder m√°s all√° de la democratizaci√≥n, aun cuando √©sta sea, de por s√≠, una condici√≥n previa necesaria para avanzar.

Complicando a√ļn m√°s la tarea, la evoluci√≥n de las sociedades, m√°s r√°pida que la de las instituciones, gener√≥ una crisis del Estado democr√°tico y √©ste sufre de una creciente falta de legitimidad en un contexto en donde es incapaz de tratar directamente todos los problemas y donde las limitaciones impuestas por el sistema electoral impiden la necesaria evoluci√≥n de la reflexi√≥n pol√≠tica, indispensable para la regeneraci√≥n de los sistemas. De ello resulta, a imagen y semejanza de los Estados Unidos, un notable crecimiento del recurso al fetichismo institucional (respeto absoluto y a ciegas de los principios de los Padres Fundadores) y a un contagio pol√≠tico de lo sagrado en Estados que, a priori, se basan en la laicidad.

La democracia es un sistema de gobernanza que ante todo concierne a los Estados. En la antig√ľedad se la concibi√≥ para micro-Estados y, contra toda expectativa, demostr√≥ que pod√≠a -dentro de un Estado- gobernar a varios millones de individuos, tal como sucede en la India. Y sobre todo demostr√≥ tambi√©n que pod√≠a adaptarse a todos los modos nacionales, sociales y culturales, dado que la experiencia de la democracia, contrariamente a una idea general muy difundida, no es una condici√≥n para que se la pueda implementar con √©xito. Es por eso que la idea de una democracia planetaria, suerte de gobierno democr√°tico mundial, es atractiva. Sin embargo no es realista, ya que los Estados, grandes o peque√Īos, no est√°n dispuestos a abandonar su soberan√≠a nacional. Ahora bien, el problema de la gobernanza mundial -como hist√≥ricamente el de las relaciones internacionales- radica en conciliar la estructura pol√≠tica que gobierna a los pueblos con la que gobierna a las relaciones entre dichos pueblos.

Pero al igual que en la f√≠sica y sus teor√≠as de lo infinitamente grande y lo infinitamente peque√Īo, la gesti√≥n pol√≠tica de lo nacional est√° completamente separada de la gesti√≥n pol√≠tica de lo inter- o de lo supranacional. De all√≠ la noci√≥n de ¬ďanarqu√≠a¬Ē tan apreciada por los polit√≥logos especialistas en relaciones internacionales. En la ¬ďanarqu√≠a¬Ē, el r√©gimen de las relaciones internacionales se ve guiado por una ausencia total de gobierno en los puntos en los cuales el Estado, tradicionalmente, se focalizaba justamente sobre ¬ďel aparato estatal¬Ē.

En efecto, el problema principal de la organizaci√≥n pol√≠tica, y en consecuencia de la gobernanza, radica en saber hasta qu√© punto el Estado puede inmiscuirse en la gesti√≥n de la sociedad y los asuntos de los ciudadanos. Se trata de un problema que ya trataban Plat√≥n, en su obra Rep√ļblica, y Arist√≥teles, en √Čtica y en Pol√≠tica, en t√©rminos que hoy en d√≠a a√ļn nos conciernen. Ahora bien, la democracia es justamente un medio relativamente eficaz para controlar el aparato estatal, dado que este √ļltimo muestra naturalmente una tendencia a querer aumentar su poder y extensi√≥n. Aun cuando en algunos pa√≠ses en v√≠as de desarrollo o en estado de transici√≥n el problema sea el contrario, puesto que el Estado es incapaz de garantizar las funciones vitales de la sociedad, la problem√°tica principal de la gobernanza sigue siendo la de ajustar el poder del Estado y de los reg√≠menes pol√≠ticos que la encabezan. Nos estamos refiriendo aqu√≠, obviamente, a la gobernanza cl√°sica, la del Estado, y en un contexto en el cual el gobierno sea leg√≠timo. El marco internacional es muy diferente, ya que se caracteriza por el hecho de que ning√ļn aparato estatal ni pol√≠tico gobiernan al conjunto. Sin embargo, el problema b√°sico sigue siendo el mismo porque se trata de la gesti√≥n de la potencia, en este caso de los Estados, y de su control. En ausencia de aparatos pol√≠ticos, jur√≠dicos y legislativos realmente eficaces -a pesar de la existencia de organizaciones internacionales, convenios, tratados, etc.- el escenario internacional es un sistema que oscila entre la anarqu√≠a y una autogesti√≥n mal llevada.

Si bien en un momento dado de la historia la influencia de la Iglesia cristiana en Europa occidental acerc√≥ moment√°neamente la gobernanza de los Estados a lo que ser√≠a una gobernanza supranacional, la historia mundial, en lo que respecta al tema de la gobernanza, es una historia que progresa a dos velocidades diferentes, en la cual generalmente los avances logrados en el √°mbito de la gobernanza ¬ďnacional¬Ē s√≥lo tuvieron, como mucho, efectos secundarios indirectos sobre la gobernanza mundial. Y aunque en el siglo XXI el Estado guarde ya muy pocas relaciones con lo que fueron el Estado antiguo, medieval o moderno, podemos afirmar que la gobernanza supranacional finalmente ha evolucionado muy poco con el tiempo: el enfrentamiento entre la URSS y los Estados Unidos no era tan diferente del conflicto entre Atenas y Esparta.

¬ŅC√≥mo conciliar gobernanza estatal y gobernanza mundial? He ah√≠ el meollo de la cuesti√≥n, puesto que la clave de la historia de las relaciones internacionales reside justamente en el hecho de que esos dos problemas han sido abordados de manera radicalmente diferente e incluso opuesta. A modo de ejemplo, los Estados fueron haciendo constantemente ilegal el hecho de matar a una persona, hasta culminar este proceso con la abolici√≥n de la pena de muerte mientras que, al mismo tiempo, muchos problemas ¬ďinternacionales¬Ē siguen resolvi√©ndose mediante el uso de la fuerza, con la muerte de personas -a veces muchas- que este accionar acarrea y que, dentro de ese contexto, se considera perfectamente leg√≠tima.

La caracter√≠stica esencial de nuestra posici√≥n actual tal vez consista justamente en que, a partir de ahora, habr√° que vincular en forma conjunta esos dos aspectos. En otros t√©rminos, la reforma de la gobernanza local, estatal o regional s√≥lo ser√° posible a trav√©s de una reforma de la gobernanza mundial y viceversa. A t√≠tulo indicativo, y para proseguir con el ejemplo anterior, recientemente se produjo un fen√≥meno que no deja lugar a dudas: por primera vez en la historia un gobierno se abstuvo de dar a conocer p√ļblicamente las cifras de las v√≠ctimas enemigas, por temor a impactar a la opini√≥n p√ļblica: fue el gobierno norteamericano durante la Guerra del Golfo (1991).

El problema principal de la gobernanza, problema que enfrentamos d√≠a a d√≠a en nuestra vida cotidiana, es que se han establecido instituciones que definen sus objetivos con respecto a sus competencias (y sus l√≠mites), cuando en realidad deber√≠an hacer lo contrario. La problem√°tica de la gobernanza mundial se caracteriza por el hecho de que los objetivos se definen a trav√©s de un vac√≠o institucional a nivel internacional -la ONU, y de manera m√°s general el derecho p√ļblico internacional, jugando el papel del √°rbol que tapa el bosque- que hace que los Estados terminen resolviendo problemas que est√°n m√°s all√° de sus competencias y hasta de su comprensi√≥n. ¬ŅPero c√≥mo podr√≠a pretender el Estado, cuyas instituciones no disponen de las armas adecuadas para resolver problemas dom√©sticos, resolver problemas que sobrepasan su marco pol√≠tico? Desde esta √≥ptica, el concepto de ¬ďseguridad colectiva¬Ē no hace sino postergar el problema, dado que esa seguridad es s√≥lo un conglomerado de instituciones estatales. Resulta significativo que el concepto de gobernanza en s√≠ mismo se perciba como un todo que apenas establece distinciones entre la gobernanza de lo local, lo nacional y lo mundial, puesto que los objetivos en estos distintos niveles a menudo son cercanos o est√°n interconectados.


Una gobernanza mundial realista

El problema al que se confrontan quienes quisieran ver surgir una verdadera arquitectura de la gobernanza mundial consiste en que la realizaci√≥n de lo que querr√≠an construir no se parece en nada a lo que eventualmente se podr√≠a construir, dadas las presiones, l√≠mites y obst√°culos que los rodean y que a menudo pretenden ocultar o minimizar. En consecuencia, m√°s que so√Īar con una quim√©rica democracia mundial o con un hipot√©tico gobierno mundial, nos parece mucho m√°s razonable avanzar progresivamente, definiendo los problemas y los objetivos para pensar en el tipo de estructuras y las instituciones capaces de entablar acciones vigorosas para solucionar los problemas precisos que se plantean. S√≥lo avanzando as√≠ podr√° esbozarse eventualmente una ¬ďgobernanza mundial¬Ē digna de ese nombre y cuya forma es imposible de preestablecer puesto que, por definici√≥n, ir√° tomando la forma de los objetivos que se proponga a medida que avance.

Este enfoque no se parece en nada al que adoptaron los arquitectos de la Sociedad de las Naciones luego de la Primera Guerra Mundial, ni al de la ONU luego de la Segunda ni, yendo a√ļn m√°s lejos, al sue√Īo internacionalista que Enrique IV sosten√≠a con su ¬ďGran Designio¬Ē para Europa. Desde un punto de vista filos√≥fico, nuestro enfoque estar√≠a m√°s pr√≥ximo al que adoptaron Jean Monnet y los primeros arquitectos de la futura Uni√≥n Europea.


Los pilares de una arquitectura para la gobernanza mundial:

Antes de abordar problemas de orden concreto se hace necesario entonces dar una estructura de base a este plan para una arquitectura global, una especie de armazón capaz de guiar la implementación de los posteriores trabajos. Para construir un nuevo régimen de gobernanza es preciso sentar tres pilares: los objetivos (expresados en una Constitución Mundial), los medios para implementarla y los fundamentos éticos (la Carta de Responsabilidades Humanas) que sirven de hilo conductor a toda la empresa.

De all√≠ surge la idea de una ¬ďConstituci√≥n Mundial¬Ē fundada sobre algunos conceptos precisos, en particular en el √°mbito de la √©tica, que las ¬ďrelaciones internacionales¬Ē han dejado de lado anteriormente. Una estructura de esta √≠ndole podr√≠a basarse sobre cuatro ejes:

I. Vencer la pobreza: Deber de vencer la pobreza y salvaguardar nuestra Tierra para nosotros y para nuestros hijos,

II. Establecer la dignidad: La dignidad de cada individuo implica que éste contribuye a la libertad y la dignidad de los demás,

III. Paz y justicia: Una paz duradera no puede establecerse sin una justicia que respete la dignidad y los derechos humanos,

IV. Legitimidad del poder: El ejercicio del poder sólo es legítimo cuando está al servicio de todos y es controlado por los pueblos.

En s√≠ntesis, debemos reafirmar una vez m√°s el principio fundador de la comunidad internacional: nuestro mundo pertenece a todos y ning√ļn gobierno ni instituci√≥n pueden detentar la autoridad sin contar con la voluntad democr√°tica de todos los ciudadanos.


Algunos problemas concretos

Luego se trata de abordar problemas precisos. Podr√≠amos mencionar una larga lista de problemas que nos afectan a m√°s corto o largo plazo y que ata√Īen los campos de la salud p√ļblica, el medioambiente, el desarrollo sustentable y los emigrantes. Nos limitaremos aqu√≠ a algunos problemas que fueron, y siguen siendo hasta la actualidad, problemas cl√°sicos de las ¬ďrelaciones internacionales¬Ē.

La violencia organizada

Comencemos por este problema que, desde la antig√ľedad, ocupa un lugar central en el debate sobre la gobernanza: la violencia organizada y su legitimidad.

Hoy en día, con los problemas ligados a la proliferación nuclear y al terrorismo, y también con el cuestionamiento del sacrosanto principio del respeto de la soberanía nacional y su consecuencia directa -el principio de la no injerencia- este tema se torna de una actualidad candente.

Desde esta perspectiva, las discutibles elecciones presidenciales del a√Īo 2000 en Estados Unidos y la invasi√≥n a Irak que es una de sus consecuencias demostraron, por partida doble, que la democracia -y lo que es m√°s, en un pa√≠s que se presenta como modelo universal de la misma- no es capaz de responder al problema de la legitimidad del uso de la violencia organizada, a partir del momento en que un √≠nfimo grupo de individuos (por ejemplo en un barrio de una cuidad de Florida) decide sobre el destino de un pueblo entero e incluso de una regi√≥n (Medio Oriente), sin conocer siquiera el efecto de su elecci√≥n. El ejemplo israel√≠, en el marco del conflicto en Cercano Oriente, demuestra de qu√© manera el accionar de una democracia, ejemplar en otros √°mbitos, se traduce en los hechos por una dura pol√≠tica de potencia en la cual no existe esa dimensi√≥n moral que forma parte, sin embargo, de los principios democr√°ticos.

Por otra parte, la invasi√≥n a Irak decidida por el gobierno norteamericano pone de manifiesto la insignificancia de los principios tradicionales de la ¬ďraz√≥n de Estado¬Ē en un contexto geopol√≠tico en el cual el uso de la fuerza militar se ha vuelto extremadamente limitado y de muy poco alcance, puesto que la ¬ďhiperpotencia¬Ē es incapaz de imponerse en un escenario secundario. En el mismo momento, ¬Ņun uso multilateral de la diplomacia, o hasta de la fuerza militar, no ser√≠a √ļtil en Darfur o inclusive en Zimbabwe, dos casos donde la (muy) mala gobernanza es responsable de indescriptibles males para las poblaciones afectadas?

Pero ni los Estados involucrados ¬Ėni los que deber√≠an estarlo- son capaces actualmente de resolver esta cuesti√≥n crucial de la legitimidad del uso de la violencia. Las Naciones Unidas, que por cierto tienen alg√ļn peso, ya no son capaces tampoco de responder a este problema, dado que al ser los Estados mismos quienes constituyen este organismo, y los m√°s poderosos de entre ellos quienes lo dirigen, no puede cuestionar los principios.

¬ŅQu√© hacer? Por el momento es la opini√≥n p√ļblica, en democracia, quien est√° generando la evoluci√≥n de las mentalidades en este √°mbito. Gracias a esa opini√≥n p√ļblica (a los movimientos sociales por la emancipaci√≥n dir√°n algunos, con raz√≥n) se produjo la descolonizaci√≥n. Gracias a ella -y algunos dir√°n a causa de ella- los Estados Unidos no pueden presionar con toda su fuerza en Irak y en otras partes. Pero la opini√≥n p√ļblica evoluciona lentamente y es manipulable, sobre todo a corto plazo, por los medios y, principalmente, por los gobiernos.

Hay que ir m√°s lejos entonces para movilizar las mentalidades s√≥lidamente arraigadas en la idea tradicional de que el Estado es la √ļnica fuente de legitimidad en el uso de la fuerza y que el ejercicio de sus prerrogativas en ese √°mbito se vincula esencialmente con su seguridad nacional, o al menos con lo que el gobierno entiende por dicho concepto, finalmente muy maleable.

Se plantea entonces la cuesti√≥n de saber si podr√≠a haber otra fuente de legitimidad que sirviera de autoridad o al menos de br√ļjula para todo lo que se relaciona con los problemas ligados al uso de la violencia organizada (principalmente la fuerza militar, pero no s√≥lo ella). ¬ŅY cu√°l ser√≠a esa fuente?¬ŅSe tratar√≠a de una especie de ¬ďAlta autoridad de la gobernanza internacional¬Ē independiente?¬ŅSer√≠a un Consejo de Sabios o un consejo ¬ďsupraconstitucional¬Ē? ¬ŅUn comit√© de representantes de los Estados, de los gobiernos o de la sociedad civil? En todos los casos, se tratar√≠a de una instituci√≥n independiente que funcionar√≠a seg√ļn los m√°s rigurosos principios de la democracia y de la √©tica, pues √©sta es la novedad, saber que la √©tica ocupa una parte importante de las decisiones.

La cuestión merece entonces plantearse, aun cuando al principio las reticencias sean extremadamente grandes, puesto que una iniciativa de esta índole limitaría la libertad de acción de los Estados más poderosos, y de los demás también. Pero la implementación de una entidad así podría hacerse, al principio, con medios limitados, con la idea de que su creciente éxito vaya aumentando su legitimidad y su peso sobre las grandes decisiones.

La amenaza terrorista

Desde el a√Īo 2001 se ha hablado mucho sobre la amenaza terrorista, incluso de manera exagerada por parte de algunos gobiernos que explotaron dicha amenaza en su favor. El terrorismo no amenaza la seguridad del planeta y menos a√ļn la supervivencia de Occidente. Se trata no obstante de una amenaza que se extiende m√°s all√° del marco de las fronteras nacionales y que, potencialmente, afecta a todo el mundo e inclusive es uno de los pocos problemas de seguridad que se ubica al mismo tiempo entre lo internacional, lo nacional y lo local. La lucha antiterrorista, por ejemplo, involucra al mismo tiempo a las ciudades, las polic√≠as, las agencias de servicios, los ej√©rcitos nacionales, las Naciones Unidas y la Interpol, para citar a los m√°s importantes. De manera m√°s general, este combate casi permanente involucra tambi√©n al ciudadano normal. Frente a esta amenaza vemos, desde 2001 ¬Ėa√Īo que marca la gran toma de conciencia de esta realidad que existe desde hace m√°s de un siglo-, que no existe ning√ļn aparato capaz de coordinar la lucha antiterrorista en el plano internacional y ni siquiera instituciones capaces de informar a los ciudadanos sobre la naturaleza de esta amenaza cuyo blanco es, justamente, el ciudadano normal. Vemos tambi√©n que todo se juega casi exclusivamente en un escenario de enfrentamiento psicol√≥gico, donde lo que est√° en juego fundamentalmente es la opini√≥n p√ļblica. Cierto es que se establecieron contactos entre diversas agencias y se crearon redes, pero a menudo se trata de acciones dispersas que carecen de un verdadero eje que las vincule.

La cuestión nuclear

Lo nuclear presenta el ejemplo perfecto de un problema que tendr√≠a que haber sido resuelto hace muchos a√Īos y cuya soluci√≥n definitiva a√ļn hoy no vislumbramos. El fin de la guerra fr√≠a no gener√≥ ninguna evoluci√≥n significativa en este campo, a no ser el proseguimiento de los acuerdos entablados por los dos bloques en pleno enfrentamiento. Si la estrategia nuclear tuvo quiz√° cierto sentido pol√≠tico durante la guerra fr√≠a ¬Ėaunque fuera en un contexto absurdo en el plano √©tico y filos√≥fico-, la posesi√≥n de arsenales nucleares, aun reducidos, por parte de un peque√Īo grupo de pa√≠ses, entre ellos las potencias nucleares tradicionales (las del Consejo Permanente de Seguridad de la ONU) y tres o cuatro pa√≠ses m√°s, no se justifica hoy en d√≠a bajo ning√ļn concepto, y menos a√ļn el desarrollo de armas nucleares.

¬ŅY qu√© vemos en cambio? No s√≥lo las potencias tradicionales ni siquiera se plantean la cuesti√≥n de saber si abandonar√≠an sus arsenales y programas sino que adem√°s intentan negar a otros (Corea, Ir√°n) el acceso a la tecnolog√≠a nuclear -por cierto con dudosos objetivos, mientras avalan a otras naciones (India). ¬ŅNo es √©sta una manera de afirmar que la potencia y la ley del m√°s fuerte siguen rigiendo los asuntos internacionales?

Contrariamente al terrorismo, que es un fen√≥meno complejo y multidimensional, lo nuclear es un problema sencillo, puesto que hasta nuevo aviso s√≥lo concierne a los Estados (que se complacen en agitar la bandera y la supuesta amenaza de un terrorismo nuclear), y s√≥lo a un pu√Īado de entre ellos. Pero aunque el problema sea sencillo no por eso deja de ser espinoso, dado que una explosi√≥n nuclear tiene, por definici√≥n, un enorme potencial de destrucci√≥n. Pero ni los Estados involucrados ni las Naciones Unidas (que es lo mismo o casi, en este caso) tienen la voluntad de abandonar un instrumento de prestigio que puede eventualmente servir en pulseadas diplom√°ticas ¬Ėy no olvidemos que la nueva doctrina nuclear estadounidense apunta a un uso muy amplio del arma nuclear (derecho de retracto, lucha antiterrorista, etc.)-. Lo nuclear, producto residual de la guerra fr√≠a, deber√≠a resolverse. Por el momento, est√° lejos de serlo.

Las nuevas guerras

Los conflictos tradicionales han durado mucho tiempo. Actualmente ya pr√°cticamente no hay guerras entre Estados. El desmoronamiento de todos los imperios signific√≥ tambi√©n el fin de las guerras de liberaci√≥n nacional. Los nuevos conflictos son de otro orden. En primer lugar, afectan sobre todo a los pa√≠ses ¬ďperif√©ricos¬Ē o ¬ďmarginales¬Ē, alejados de los epicentros geopol√≠ticos. Estos pa√≠ses son a menudo pa√≠ses pobres o empobrecidos y, al mismo tiempo, mal gobernados. Tambi√©n han surgido nuevas causas de conflicto. Las mismas son cada vez menos pol√≠ticas y cada vez m√°s econ√≥micas y ligadas al medioambiente. Los problemas ambientales (sequ√≠as, acceso al agua potable) son ahora causas de conflicto, con todas las consecuencias que ello implica (desplazamiento de poblaciones, por ejemplo), y se articulan con otras fuentes potenciales de conflicto (resentimientos hist√≥ricos, enemistad inter√©tnica o conflictos de opini√≥n). Para estos conflictos se requieren nuevos enfoques, incluyendo un buen conocimiento de los problemas, una voluntad compartida de prevenir la escalada de violencia y el deber de injerencia en los asuntos de un Estado que a menudo, y en el mejor de los casos, es incapaz de prevenir el conflicto.

Resulta imperativo que la prevenci√≥n de nuevos conflictos como el de Darfur se torne una de las prioridades de la comunidad internacional en el futuro. ¬ŅC√≥mo avanzar? En este √°mbito el enfoque tradicional est√° destinado al fracaso ya que estos conflictos, por su complejidad y por el hecho de que a menudo ocurren en regiones consideradas de bajo alcance estrat√©gico, no le interesan a priori a los pa√≠ses que podr√≠an intervenir. En estos casos, m√°s a√ļn que en otros, es donde hay que desarrollar nuevas herramientas conceptuales capaces de desembocar en acciones concretas de prevenci√≥n de estos tipos de conflicto que, si no son controlados, se multiplicar√°n en el futuro acarreando verdaderas cat√°strofes humanas. Otros problemas, ocultos hasta ahora, tambi√©n necesitan ser estudiados. Tomemos un ejemplo: el resentimiento. ¬ŅCu√°ntos conflictos, crisis y tensiones nacen de resentimientos, algunos de los cuales se vienen arrastrando desde hace siglos? Hoy, cuando las guerras coloniales han terminado o los grandes conflictos de intereses y las luchas de potencia entre los Estados parecen retroceder, el resentimiento es tal vez la causa principal de las guerras y crisis actuales. ¬ŅY qu√© hacen los gobiernos para comprender este fen√≥meno crucial en la historia y particularmente en la historia contempor√°nea? Ni siquiera los historiadores y polit√≥logos se han preocupado mucho por esta cuesti√≥n hasta el momento. Ahora bien, si la guerra preventiva es un enga√Īo, la paz, por su parte, es esencialmente preventiva. Para prevenir, y para actuar tambi√©n, es imperativo comprender. Para construir el mundo del ma√Īana hay que comprender entonces el mundo de hoy. Esto podr√≠a sonar a eslogan pol√≠tico vac√≠o pero, sin embargo, lo que nos falta a menudo es una buena comprensi√≥n, necesaria para construir la arquitectura de una gobernanza mundial eficaz, solidaria y responsable.

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